Autor: Juan José Thomes
Pasó la Fiesta Nacional de la Manzana y, como cada año, queda algo en el cuerpo.
No es solo el cansancio, ni la música, ni la cantidad de gente.
Es la sensación de haber habitado, durante unos días, un espacio que hoy no es tan frecuente: un espacio verdaderamente común.
No hablo de lo público en un sentido abstracto. Hablo de lo que pasa cuando miles de personas comparten el mismo tiempo y el mismo lugar. Cuando no hay algoritmos, ni burbujas, ni nichos. Cuando la experiencia no está organizada alrededor del consumo individual, sino atravesada por la presencia real de otros.
Vivimos en sociedades cada vez más individualizadas. Cada persona arma su propio recorrido, sus propios consumos, su propia agenda. Incluso los espacios de ocio y cultura se vuelven fragmentados. La promesa de libertad termina convirtiéndose en una experiencia de soledad.
Autor: Juan José Thomes
Por eso estos encuentros no son superficiales. Funcionan como momentos de rearticulación del lazo social. Nos recuerdan que la vida colectiva no es una consigna: es una experiencia concreta que se aprende en el cuerpo.
Hay algo en el clamor de lo popular que no puede ser reemplazado. Esa energía que aparece cuando miles de personas cantan lo mismo, cuando la emoción deja de ser privada y se vuelve compartida, cuando por un rato la diferencia social queda en segundo plano.
Las sociedades necesitan estos rituales para sostenerse. Necesitan espacios donde lo común no sea una idea, sino una vivencia. Donde podamos reconocernos, aunque no pensemos igual, aunque no vivamos igual.
Leonardo Favio dijo “Soy peronista porque no se puede ser feliz en soledad.”
No es solo una definición política. Es una mirada sobre la vida en común. La felicidad, entendida no como algo individual o privado, sino como una experiencia que se construye en el vínculo, en el encuentro, en la posibilidad de compartir tiempo, espacio y emoción con otros.
Cuando defendemos lo popular, también estamos defendiendo esa idea. La posibilidad de que el gozo no sea un privilegio, de que la cultura no esté reservada a unos pocos, de que la vida social no se reduzca a experiencias individuales.
La Fiesta de la Manzana no es solo un evento cultural. Es un recordatorio de que el bienestar no puede pensarse de manera aislada. Que la alegría y el sentido de pertenencia necesitan de otros.
Quizás por eso estas celebraciones siguen siendo necesarias.
Porque no solo celebran lo que somos.
También sostienen los espacios donde nos encontramos, nos reconocemos y volvemos a sentir que formamos parte de una comunidad.
Autor: Juan José Thomes
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