“Ha vengado al gran pueblo argentino, oprimido por los innobles imperialistas en las Malvinas. Es un genio. Es un acto político. Una revolución. Los humilló, ¿entendés? Los humilló”. Son las líneas de una de las escenas más icónicas de “Fue la Mano de Dios” la película de Paolo Sorrentino que transcurre en una Napoles alocada y convulsionada por la posible llegada del Diez. Allí, una familia napolitana se reúne en un balcón alrededor de un modesto televisor a color que transmite el partido de fútbol más importante del siglo XX. El calor, la transpiración y los gritos son casi tan protagonistas como Fabietto y su tío Alfredo que a su vez son casi tan protagonistas como el gol que le da el título al film y que minutos más tarde cobra un enorme sentido al evitar una tragedia mayor.
Solamente cuatro años habían pasado entre la guerra y la ‘venganza’, escasos 1460 días entre una derrota bélica y una avivada futbolística. Hay mucho, muchísimo más detrás de esos términos como también hay mucho más en estos 40 años que se suscitaron entre ese partido y el que tendrá lugar este miércoles 15 de julio en Atlanta unas de las ciudades joyitas de los Estados Unidos, nación históricamente orgullosa de sí misma pero exacerbada en sus sentimientos nacionalistas estas últimas semanas a pesar de su dolorosa y estrepitosa eliminación contra Bélgica. El evento deportivo más importante a nivel mundial ocupó cuantiosamente la agenda norteamericana aún cuando éste no es un país futbolero, ello explica la jugada burocrática, diagramada en algún lujoso escritorio alejado, muy alejado, del terreno de juego que le permitió al goleador estadounidense Folarin Balogun evadir su suspensión por acumulación de tarjetas amarillas y ser titular en la derrota de su selección contra el combinado europeo.
Consumada la eliminación parece haber quedado atrás la vergüenza atravesada por el presidente de la FIFA Gianni Infantino provocada por otro presidente mucho más poderoso, ostentoso, pero sobre todo fanfarrón. Donald Trump juega su propio juego con sus propias reglas y sus propios caprichos de niño rico y matón: señala los errores en los demás, pretende marcar la agenda global, pero sobre todo hace honor a la postura histórica del autodenominado ‘país de la libertad’: dictarle al mundo entero que es lo que está bien y que es lo que está mal. Los goles belgas corrieron la agenda mundialista a un segundo plano para que el país del norte pueda volver a lo suyo: retomar los bombardeos en Irán (el estrecho de Ormuz volvió a ser cerrado) y reactivar los asesinatos a cargo del ICE (el colombiano Joan Sebastián Durán Guerrero es su víctima más reciente).
Poco parece molestarles esto a los bienpensantes y a la opinión pública de las potencias globales que consideran mucho más interesante señalar los fallos arbitrales que aparentemente benefician a la selección argentina y que le permitieron por tercera vez en 12 años alcanzar las semifinales de la máxima competencia futbolística. Lejos, muy lejos, está Argentina del nivel brillante mostrado en Qatar 2022 pero, aun así, a costa de sufrimiento y entrega, logró meterse entre los cuatro mejores del mundo y un Messi de 39 años pelea a mano a mano el título de goleador con un villano Mbappé 12 años menor.
Con su instinto de supervivencia a flor de piel, la selección argentina está, una vez más, a las puertas de la historia. En frente hay un rival conocido no solo dentro del campo de juego sino también en el campo de batalla. “Es solamente un partido de fútbol” fueron las palabras de un Scaloni que quiso bajarle el tono. Solo un iluso puede creer que el técnico más exitoso en la historia de la selección realmente piensa en ese sentido. El propio Scaloni sabe que no es así, los jugadores saben que no es así, todos los argentinos y argentinas sabemos que no es así. Malvinas es muchísimas cosas menos un conflicto acabado. Es una causa nacional que se reafirma diariamente desde hace más de cuatro décadas, momento desde el cual el imperio británico ocupa ilegalmente un territorio ubicado a más de 14.000 kilómetros de su capital con la complicidad de los mismos bienpensantes y sommeliers de trampas que creen ser los dueños de la moral.
Contra eso se enfrentaron los soldados argentinos y contra eso se enfrentarán los 11 jugadores del seleccionado nacional. Cuarenta años son una vida, pero esta vida no ha atestiguado un cambio en la posición de un imperio que oprime y de una nación que se revela. En esa postura de resistir, de plantarse y de combatir radican los injustos adjetivos de arrogantes, agrandados, creídos de los cuales somos destinatarios de manera constante los argentinos. En esa postura de resistencia, de no agachar la cabeza pareciese haber un crimen dictado por un tribunal que juzga el sentimiento ajeno sin la más mínima comprensión histórica. Ese tribunal parece tener competencia en cada acción, en cada comentario y en cada actitud llevada a cabo por un ciudadano argentino.
Cientos de paralelismos se han trazado entre la injusticia de la guerra y los dos goles históricos de Diego. Mucha de la identidad argentina está condensada en ese gol con la mano y en la posterior corrida memorable gambeteando cuanto inglés se cruzara en el camino. No nos busquen porque nos van a encontrar.
Mucha de esa identidad se ve y se siente en las calles en estos días. Desde el sábado en la noche con la clasificación sellada y el encuentro confirmado se viven horas particulares. Algo circula en al aire, algo impregna la cotidianeidad: ir a comprar al almacén, tomarse el colectivo, frenar en la esquina, cruzarse un conocido, sentarse a tomar un café, ver la gente pasar. Todo tiene un sabor distinto, hay un morbo subyacente, una ansiedad y una incertidumbre que se comunica de diversas maneras: palabras, miradas, gestos, abrazos. Todo eso es ser argentino, la cercanía con ese otro que hasta hace minutos era un completo desconocido. Las cábalas, los llantos, las tradiciones, las macumbas, la histeria, las risas, las puteadas, los aplausos, el deseo. El deseo de vengar una vez más la historia que nos fue esquiva en un conflicto bélico injusto.
Poco y nada se sabe a poco más de 24 horas del partido sobre como se vive la previa dentro de la concentración. Si hay una certeza, es que los jugadores son permeables al sentir popular. Son hinchas, lo llevan adentro como lo llevo yo, como lo llevas vos y como lo llevamos todos. No lo dicen, no lo dejan entrever, pero saben que tienen una cita con la historia, la tenemos todos. No son muchos los países en los que se habla de un equipo de 11 jugadores con la primera persona del plural. Nosotros somos ellos. Ellos son nosotros. Todos tenemos las mismas ganas de ganarles, las mismas ganas de verlos huir como los ladrones que son, las mismas ganas de tener 100 años más de perdón.
¿Quién nos habla aquí de olvido, de renuncia o de perdón?
Ahora tiramos nosotros, nos toca. Contra ellos. Contra todos. Con el peso de la historia. Con el orgullo de haber nacido en este suelo regado de gloria. Porque los argentinos somos nosotros y eso nos infla el pecho. Con coraje, sin agachar la cabeza. Así, solo así podremos sentir y honrar una vez más nuestra identidad y nuestro himno:
Sean eternos los laureles.
Vamos nosotros. Vamos por todo.
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